EL CONOCIMIENTO INTEMPORAL
Por José Rafael Gómez
joserafael.gomez@hotmail.com
Conocer con exactitud qué ha ocurrido en el pasado o qué nos reserva el futuro, son anhelos que siempre han acompañado al hombre. Chamanes y ocultistas, esotéricos y teósofos, novelistas y científicos han buscado e imaginado las más variadas formas de conseguirlo. La máquina del tiempo, en distintas versiones, ha sido utilizada en novelas de éxito para viajar en el tiempo en busca de conocimiento, en aras de saber cómo sucedieron las cosas o qué va a ocurrir en el futuro.
Pero, ¿puede esto ser factible más allá de la fantasía o la ciencia ficción? A continuación veremos que la respuesta a esta pregunta es afirmativa y conoceremos cómo la idea teosófica de que “todo queda registrado en el éter” podría ser una extraordinaria intuición.
Los Registros Akáshicos
El esoterismo y la teosofía proponen la existencia de un “éter” universal en el que todo hecho acontecido queda registrado, constituyendo unos archivos Akáshicos al alcance sólo de los espíritus más nobles. El término “akáshico” proviene del sánscrito donde la palabra ākāśa era empleada para referirse al “éter”, considerado como una sustancia impalpable e inmaterial, un fluido sutil e intangible, que los antiguos hindúes suponían impregnando todo el universo y que sería el esencial medio donde se transmitiría el sonido y la vida.
La primera referencia bibliográfica a estos archivos parece estar en el libro “La sabiduría antigua” que la teósofa y ocultista británica Annie Besant escribió en 1898. Según ella, los únicos que pueden acceder a estos registros serían personas con dones espirituales, tales como los chamanes u otro tipo de médiums, por medio del sueño lúcido, la proyección astral u otras formas de experiencias extracorpóreas.
Así, algunos miembros de la teosofía de principios del siglo XX afirmaron haber entrado en contacto con estos registros de donde habrían extraído información no sólo del pasado sino también del futuro. Y posteriormente este concepto ha sido asumido por diferentes doctrinas de la Nueva Era.
Pero, por otro lado, la Física moderna desechó la existencia del éter en 1887 tras el experimento de Michelson y Morley. (Ver cuadro adjunto 1)
Y ni teosóficos ni nuevaeristas han aportado nunca una argumentación basada en el conocimiento científico que sostenga la existencia de estos registros Akáshicos.
Ciencia Ficción
En 1956 Isaac Asimov escribió la que, según la encuesta Locus de 1999, es la duodécima novela corta mejor de todos los tiempos: “El pasado ha muerto”. En ella, el genial autor de ciencia ficción, plantea un futuro en el que existe una máquina capaz de visualizar en una especie de televisión acontecimientos producidos en el pasado. Asimov denomina “cronoscopio” a tal aparato y basa su funcionamiento en los neutrinos (partículas que en los años 50 del siglo XX aún eran poco conocidas) atribuyéndoles la facultad de viajar a través del tiempo y acota a los últimos 100 años el lapso del que sería posible rescatar imágenes ya que más allá, estas estarían demasiado distorsionadas. En la novela este asombroso aparato estaba fuera del alcance de la población por considerar el gobierno que constituía un peligro para la sociedad.
Por otro lado, si ha habido algo que haya suscitado un extraordinario interés tanto en la literatura como en el cine de ciencia ficción, ha sido, sin duda, la posibilidad de viajar en el tiempo. Desde que H.G. Wells escribiera “La máquina del tiempo” en 1895, muchos han sido los autores que han abordado esta idea, siendo infinidad las novelas y películas que han obtenido enorme éxito deleitado al público con personajes que viajaban por el tiempo con bastante aparente facilidad.
El Cronovisor
La historia del cronovisor salta a la opinión pública el 2 de mayo de 1972 cuando el semanario italiano “La Domenica del Corriere” publica una entrevista con el sacerdote benedictino Marcello Pellegrino Ernetti en la que éste afirmaba haber visto imágenes de diferentes eventos históricos del pasado gracias a un artilugio que él mismo había desarrollado en colaboración con varios científicos cuyos nombres nunca aportó. Aparentemente, este asunto comienza en 1952 cuando Ernetti y el también sacerdote Agostino Gemelli se encontraban realizando una grabación de música sacra en cinta magnetofónica. En ella los dos religiosos habrían encontrado estupefactos una inclusión psicofónica en la que se escuchaba una voz que Gemelli identificó como perteneciente a su padre fallecido. Ambos sacerdotes habrían acudido con la grabación al Papa –por entonces Pío XII- quien les habría animado a continuar investigando en ese campo. Sería entonces cuando Ernetti habría contactado con varios reputados científicos para tratar de desarrollar un dispositivo capaz de grabar imágenes y sonido del pasado. Según Ernetti, en 1956 -apenas cuatro años después- ya se obtenían imágenes de personajes históricos entre los que cabe citar a Benito Musolini, Napoleón Bonaparte o el mismísimo Jesús de Nazaret. Cuando entonces acudieron a presentar los resultados a Pío XII, éste les habría prohibido divulgar el descubrimiento y después El Vaticano poco menos que habría confiscado el artefacto para mantenerlo en secreto e impedir su uso.
Sin embargo, son varias las cosas que no encajan en esta historia.
Por un lado, Ernetti afirmó que el Papa Pío XII le prohibió hablar del supuesto descubrimiento pero, pese a ello, él lo desvela en varias entrevistas periodísticas. Así mismo, cuando fue preguntado por un periodista de El Heraldo de Aragón en mayo de 1972 sobre las razones por las que el cronovisor no era dado a conocer a la opinión pública, el sacerdote respondía:
“Porque ahora es un secreto particular del equipo de científicos que desde hace años está trabajando en este asunto. Hasta que no haya sido patentado ante el Estado no podemos hablar sobre cuál es la estructura del invento.”
Para agregar después:
“Porque la cosa es tan importante que podría afectar a secretos de Estado, puede ser considerada secreto de Estado. Creo que en Italia no será aprobado: Tal vez haya que presentarlo en el extranjero, en Rusia, Estados Unidos o probablemente en Japón.”
¿Una máquina que es considerada como “Secreto de Estado” pero que no sale a la luz por no haber sido patentada en Italia, aunque se plantea hacerlo en otros países…?
Para empeorar las cosas resulta que la única fotografía -facilitada por Ernetti a la prensa- que el sacerdote en principio afirmó haber sido tomada mediante el cronovisor, resultó ser una falsificación. Se trataba de una imagen de Jesús de Nazaret durante su crucifixión que después se comprobó que era realmente de un crucifijo existente en el Santuario del Amor Misericordioso, de Collevalenza, en la provincia italiana de Perugia.
Con varias sospechosas coincidencias con la novela de Asimov, no se aportó ningún fundamento científico válido que explicase el funcionamiento de este supuesto invento, haciendo más que dudosa la veracidad de esta historia.
Los crononautas
Durante los años 2000 y 2001 un enorme revuelo agitó varios foros de Internet ante la aparición de John Titor, un misterioso personaje que afirmaba provenir del futuro. Durante varios meses –desde noviembre de 2000 hasta marzo de 2001- Titor fue contando como él era un soldado estadounidense que provenía del año 2036 y que tenía como misión viajar al pasado en busca de un ordenador IBM 5100, necesario en 2036 para poder decodificar unos programas informáticos antiguos. Además fue respondiendo a las numerosas preguntas que otros internautas le hacían dando detalles de cómo era la máquina del tiempo que le había trasladado de fecha e informando de acontecimientos que se iban a producir en el futuro, entre los que destacaba una próxima guerra civil en Estados Unidos que comenzaría en 2008 y una 3ª guerra mundial que en 2015 acabaría con el resto de potencias mundiales. Titor también habló de Física cuántica manifestando que el modelo de Everett-Wheeler era el acertado. Esta interpretación cuántica sostiene que los resultados de decisiones cuánticas ocurren en universos paralelos. Así, en el universo del que proviene Titor, ningún crononauta habría aparecido en el año 2000 y al venir él a este tiempo, estría ya en otro universo diferente al suyo por lo que la historia de este -para él- diferente universo, podría cambiar respecto de la que el conoce en el suyo. De esta forma, aunque no se cumplieran sus predicciones, no debería restarse credibilidad a sus aseveraciones, haciendo prácticamente imposible demostrar su falsedad.
Aunque quien estuviera detrás de John Titor hizo gala de tener curiosos conocimientos de informática, y Física Cuántica, sus errores en las predicciones de acontecimientos que no se han producido y el no avisar de otros de singular importancia que sí han ocurrido y que él, si fuera cierto que venía del futuro, debía conocer –como no advertir del derribo de las torres gemelas del World Tride Center, por ejemplo-, han restado finalmente credibilidad a esta historia.
Recientemente ha saltado a los medios de comunicación el hallazgo del que podría ser un viajero del tiempo recogido en imágenes de la premier de la película “The Circus” de Charlie Chaplin de 1928. En la escena puede verse a una persona –aparentemente una mujer- que camina por la calle con la mano sujetando lo que parece un objeto junto a su oreja como si estuviera hablando por un teléfono móvil. Sin embargo, parece de sentido común pensar que es más probable que se trate de un actor figurante que trata de no ser identificado –por aparecer también en otras escenas- que de un crononauta.
El viaje en el tiempo de la luz
Sin embargo, sin necesidad de desplazarnos físicamente en el tiempo, hay una manera de presenciar distintos momentos del pasado, del pasado cósmico en este caso. Para ello no hay más que asomarse a un cielo nocturno despejado. La bóveda celeste es un extensísimo mosaico de acontecimientos pasados. La luz de los astros que vemos es antigua, salió de ellos en diferentes momentos del pasado atendiendo la distancia que nos separa. Cuando miramos, por ejemplo, al planeta Neptuno, la luz que vemos fue reflejada desde allí alrededor de 4 horas antes. Y si dirigimos nuestra mirada hacia la estrella Polaris, debemos saber que lo que vemos sucedió allí hace 431 años. Cuando tengamos telescopios lo suficientemente potentes seremos capaces de ver imágenes que nos llegan de planetas que orbitan lejanas estrellas, ¡imágenes que se produjeron hace cientos, miles o decenas de miles de años! Pues bien, debemos saber que a la inversa ocurre exactamente lo mismo, desde el espacio pueden observarse imágenes de la Tierra cuya antigüedad dependerá de la distancia a la que se encuentre el hipotético observador. Puede afirmarse que todo suceso producido en nuestro planeta, iluminado por la luz del Sol, genera una imagen que se aleja del suceso a la velocidad de la luz. De tal manera que, por débiles que sean, en este preciso instante viajan por el espacio las imágenes de eventos históricos terrestres pasados. Así, a unos 2.000 años luz de la posición en el espacio que nuestro planeta ocupaba hace 2.000 años (no es la misma que en la actualidad pues la Tierra viaja, junto con todo el sistema solar, por la galaxia, que a su vez también se mueve) se encuentran, viajando a una velocidad de 300.000 Km. por segundo, las imágenes de los sucesos que acontecieron en la Palestina de Jesús de Nazaret.
Aunque esas imágenes sean extraordinariamente débiles y se encuentren enormemente distorsionadas, no puede negarse que, en teoría, usando un hipotético receptor idóneo situándolo a la distancia adecuada, podrían conocerse acontecimientos tales como qué sucedió en la Palestina de hace 2.000 años o cómo fueron construidas las pirámides de Egipto. Ahora puede parecer disparatado, pero nuestros científicos ya empiezan a vislumbrar características de nuestro universo que en el futuro podrían hacer posible lo que hoy parece imposible.
Según la Física Cuántica, nuestro universo no es local
En un interesantísimo artículo publicado en Scientific American, los profesores de la Universidad de Columbia David Z Albert y Rivka Galchen reflexionan sobre que, al sólo poder influir sobre aquellos objetos del universo que tenemos a nuestro alcance, tenemos la sensación de que el mundo es local, es decir, que lo que ocurre en un determinado lugar está causado y afectado por sucesos ocurridos en sus proximidades (aunque sean proximidades cósmicas). Sin embargo estos autores nos recuerdan que según la mecánica cuántica, pueden producirse reacciones a distancia de sucesos locales. En otras palabras, a nivel cuántico, nuestro universo no es local y puede influirse en cualquier partícula entrelazada cuánticamente sin importar la distancia a la que esta se encuentre. Y lo que aún es más asombroso, esta influencia a distancia se ejerce de forma inmediata, instantánea. La no localidad del universo no sólo va contra nuestra intuición sino que además no concuerda con la teoría especial de la relatividad de Einstein sacudiendo así fundamentos de la Física hasta ahora casi incuestionables. Por tanto, no es del todo disparatado pensar que quizás, en el futuro, podamos idear la manera de acceder a esta información que en forma de luz viaja por el espacio.
Conocer el futuro
Pero ¿qué ocurre con el futuro? Recientemente el prestigioso físico Roger Penrose de la universidad de Oxford, ha informado de que, analizando los datos del satélite WMAP, ha detectado unos patrones circulares que se encuentran en el fondo cósmico de microondas y que sugieren, nada menos, que el espacio y el tiempo no empezaron a existir en el Big Bang, sino que nuestro universo existe en un ciclo continuo de "rebotes" que él llama "eones". Para Penrose, lo que actualmente percibimos como nuestro universo, no es más que uno de esos eones. Hubo otros antes del Big Bang y habrá otros después. (Debo señalar aquí que lo descubierto en 2010 por Penrose es el escenario cosmológico propuesto en el artículo “En busca del Más Allá” publicado en Enigmas 139 en junio de 2007). Pues bien, si nos encontramos en un universo que rebota infinitamente, es seguro que se producirá algún rebote –“eón” según Penrose- cuya historia sea idéntica a la de la actual (véase el artículo “En busca del Más Allá” antes citado) por lo que, debería existir un rastro de los acontecimientos que se han producido en nuestro pasado, pero también de los que han de ocurrir en nuestro futuro. Si hubiera una manera de percibir primero e interpretar después ese rastro, tendría que admitirse que el conocimiento del pasado y del futuro (desde un punto de vista físico serian la misma cosa), es posible. Para finalizar, cabe recordar aquí al científico francés marqués de Laplace quien, a principios del siglo xix, sugirió que debía existir un conjunto de leyes científicas que nos permitirían predecir todo lo que sucediera en el universo, con tal de que conociéramos el estado completo del universo en un instante de tiempo.
CUADRO ADJUNTO 1
El Éter
En las creencias griegas el éter era una sustancia brillante que respiraban los dioses, en contraste con el pesado aire que respiran los mortales.
En la India se conoce el éter con el nombre de akasha. En la cosmología sankhia el éter es considerado como uno de los 5 principales elementos.
Durante la Edad Media, tras la recuperación de la filosofía aristotélica, el término aether, justamente por ser el quinto elemento material reconocido por Aristóteles, comenzó a ser llamado así (quinto elemento) o también qüinta essentia, de donde viene la expresión quintaesencia (usada en la cosmología actual para referirse a la energía oscura)
Hacia finales del siglo XIX, James Clerk Maxwell (1831-1879) había propuesto que la luz era una onda transversal. Como parecía difícilmente concebible que una onda se propagase en el vacío sin ningún medio material que hiciera de soporte se postuló que la luz podría estar propagándose realmente sobre una hipotética sustancia material, para la que se usó el nombre de éter (debido a algunas similitudes superficiales con la hipotética substancia de la física aristotélica). El experimento de Michelson y Morley de 1887 constató que la velocidad de la luz no cambiaba fuera cual fuera su dirección de propagación, lo que hizo desechar la idea de la existencia del éter. Sin embargo hoy hay opiniones que sostienen que la forma en la que se lleva a cabo ese experimento no es prueba de la inexistencia del éter.