El Mar Guarda Secretos
Por José Rafael Gómez
joserafael.gomez@hotmail.com
Es el ecosistema más antiguo y extenso de este planeta y es el que menos conocemos. Su superficie constituye para nosotros una auténtica frontera con otro mundo que, oscuro, casi inaccesible y muy poco explorado, oculta secretos que apenas somos capaces de atisbar.
Las Profundidades Hablan
En el verano de 2002 los medios de comunicación recogieron la noticia de que unos extraños ruidos submarinos estaban siendo oidos por numerosos buzos y pescadores submarinos de la costa norte de la isla balear de Mallorca.
Descrito en ocasiones como algo parecido a lo que se escucharía al golpearse entre sí dos tubos metálicos, el sonido presentaba una cadencia de alrededor de un minuto. Veteranos pescadores submarinos manifestaron que era algo que nunca antes habían escuchado. Se buscaron explicaciones tales como que provenía de prospecciones petrolíferas que se estaban haciendo frente a la costa de Tarragona pero la compañía prospectora negó tal posibilidad con argumentos de sentido común tales como que de ser así, el sonido debería haberse escuchado también e incluso con mayor potencia, en la costa peninsular española y tal circunstancia no se produjo. Aunque se iniciaron varias investigaciones para tratar de explicar el misterio, ninguna llegó a conclusiones definitivas y los sonidos mallorquines pasaron a engrosar la larga lista de hechos extraños que se producen en el interior de nuestros mares. Como veremos a continuación, misteriosos sonidos son recogidos por instituciones científicas que admiten, desconcertadas, ignorar la naturaleza de su origen.
Durante los años 50 y 60 del siglo XX, en plena Guerra Fría, la Marina de Estados Unidos situó en los mares del mundo micrófonos sumergidos con la intención de detectar los movimientos de los submarinos nucleares soviéticos.
Esta red de escucha denominada SOSUS (del inglés Sound Surveillance System, Sistema de Vigilancia por Sonido), instaló a cientos de metros de profundidad hidrófonos que se mantenían a la escucha grabando los sonidos atrapados en la capa de agua conocida como “canal de sonido profundo” por donde las ondas de sonido pueden viajar horizontalmente a miles de kilómetros de distancia. Cuando la Guerra Fría terminó, la Armada norteamericana cedió el uso de este sistema a la NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration) para su empleo en la investigación oceanográfica.
Pues bien, con esos equipos los científicos detectaron gran cantidad de sonidos con las causas más variadas: desde las geológicas, identificándose el ruido producido por erupciones volcánicas o terremotos, hasta las de origen biológico como los cantos de las ballenas, pasando obviamente, por las humanas: barcos, submarinos, prospecciones petrolíferas etc. Pero además, descubrieron con asombro que en el océano se producen extraños y potentísimos sonidos cuyos orígenes nos son totalmente desconocidos. Normalmente se trata de sonidos de ultra baja frecuencia que el oído humano no puede captar. La NOAA dispone no obstante de versiones aceleradas de ellos para que podamos hacernos una idea de cómo son.
"Upsweep"
Cuando el PMEL (Pacific Marine Environmental Laboratory) comenzó el programa de escucha y grabación de sonidos subacuáticos en agosto de 1991, este sonido ya estaba presente en las profundidades. Se trata de una larga serie de zumbidos de banda estrecha de varios segundos de duración cada uno. Su fuente es tan potente que puede registrarse en prácticamente todo el Pacífico aunque por triangulación se ha ubicado su origen en las proximidades de 50º S, 140º W. Parece ser estacional, con picos en primavera y otoño, pero no está claro si esto se debe a cambios en la fuente o a cambios estacionales en el ambiente de propagación. Aunque su potencia ha estado disminuyendo desde 1991, aún se registra con claridad por los hidrófonos ecuatoriales de la NOAA. Los científicos no saben qué lo produce.
Puede escucharse una grabación acelerada 20 veces del sonido original en la siguiente dirección:
http://www.pmel.noaa.gov/vents/acoustics/sounds/upsweep20x.wav
“Train”
El 5 de marzo de 1997 los hidrófonos autónomos situados en la región ecuatorial del océano Pacífico grabaron lo que absurdamente parecía el silbido de un tren que se desplazase a toda máquina… ¡en las profundidades! Obviamente el sonido fue clasificado como “de origen desconocido”.
Puede escucharse una grabación acelerada 16 veces del sonido original en la siguiente dirección:
http://www.pmel.noaa.gov/vents/acoustics/sounds/train.wav
“Slow Down”
Grabado el 19 de mayo de 1997 en el Pacífico ecuatorial, se situó su origen por triangulación en las cercanías de 15º S 115º W, esto es, 180 Km. al NE de las montañas submarinas de Matua Seamounts, casi 4.000 Km. al W de la costa de Perú y 1.500 Km. al NNW de la isla de Pascua. Se grabaron alrededor de 7 minutos de un sonido lento que va decreciendo en frecuencia hasta desaparecer. Se desconoce qué pudo haberlo causado.
Puede escucharse una grabación acelerada 16 veces del sonido original en la siguiente dirección:
http://www.pmel.noaa.gov/vents/acoustics/sounds/noise97139.wav
"Whistle"
Escuchado el 7 de julio de 1997 en 8º de latitud Norte y 110º de longitud Oeste por hidrófonos autónomos, este extraño ulular no fue recogido por otros hidrófonos más distantes de esa posición. No tiene un origen conocido para los científicos.
Puede escucharse una grabación acelerada 16 veces del sonido original en la siguiente dirección:
http://www.pmel.noaa.gov/vents/acoustics/sounds/whistle16x.wav
“Bloop”
Durante el verano de 1997 pudo escucharse en varias ocasiones el que puede considerarse como el más desconcertante de los sonidos subacuáticos detectados hasta hoy, una potentísima señal cuya fuente fue ubicada por triangulación cerca de las coordenadas: 50° S 100° W, a más de 1.700 Km. de la costa de Chile. Al ser de frecuencia variable muchos biólogos marinos especulan con que puede tratarse de un sonido de origen biológico, producido por algún tipo de pulpo o calamar gigante desconocido o una formidable ballena que debería ser aún de mayor tamaño que la especie de ballena más grande conocida, la ballena azul que llega hasta los 30 m. de longitud. Pero, dada la potencia acústica de Bloop -que fue recogido por hidrófonos que distaban entre sí más de 5.000 Km.- el tamaño que debería tener el animal que lo hubiera producido tendría que ser verdaderamente descomunal. Además, en los cefalópodos conocidos no existe una cámara de gas que permitiera hacer este tipo de sonido. Y una ballena de un tamaño superior a la azul que hubiera pasado desapercibida para nosotros, dado que son animales que tienen que salir a la superficie para respirar, es una idea difícil de admitir. Pero entonces, ¿qué o quien lo produjo? ¿Existe en las profundidades oceánicas algún gigantesco ser que ha pasado desapercibido para el hombre? Por el momento no hay respuestas.
Apuntemos como curiosidad la aproximación literaria del punto de origen de Bloop (50º S 100º W) con el lugar en el que H.P. Lovercraft situó en su novela “La llamada de Cthulhu” publicada en 1926, la ciudad sumergida de “R'lyeh” (47º 9' S 126º 43' W). En ese lugar había sido encerrada la antigua y gigantesca bestia llamada “Cthulhu”, una criatura extraterrestre con cabeza de pulpo o calamar, que habita en la Tierra desde antes de la aparición de los humanos y que utiliza para comunicarse… ¡sonidos de frecuencias ultrabajas!
Puede escucharse una grabación acelerada 16 veces del sonido original en la siguiente dirección:
http://www.pmel.noaa.gov/vents/acoustics/sounds/bloop.wav
"Julia"
Fue grabado el 1 de marzo de 1999 por hidrófonos autónomos en el Pacífico Ecuatorial. La fuente del sonido se desconoce, pero fue lo suficientemente fuerte para ser escuchado en toda la red de hidrófonos. Su duración fue de aproximadamente 15 segundos.
Puede escucharse una grabación acelerada 16 veces del sonido original en la siguiente dirección:
http://www.pmel.noaa.gov/vents/acoustics/sounds/julia_sound.wav
Globsters: extrañas masas gelatinosas
El término “globster” fue acuñado en 1962 por el naturalista y escritor escocés Iván T. Sanderson para aludir a los restos de un cadáver de una criatura marina indeterminada que apareció encallado en una playa de Tasmania en 1960. Desde entonces el vocablo se usa para referirse a ciertas masas orgánicas que aparecen varadas en las playas de océanos de todo el mundo y que son difíciles de identificar o atribuir a un animal conocido.
La bestia de Stronsay
Fue en 1808 cuando en las islas Orcadas, situadas al norte de Escocia, tras una tormenta, se encontró varado en una playa el primer globster del que se tiene noticia. Esto no significa que antes de esta fecha no hubieran aparecido, pero este es el primer caso del que se conservan informes escritos de la época. La conocida como “bestia de Stronsay” por el nombre de la isla donde se encontró, fue un enorme cadáver de un ser sin identificar que, medida por tres testigos (uno era un carpintero y los otros dos eran agricultores), alcanzaba una longitud de 55 pies (16,76 metros) aunque se le supone mayor longitud por faltarle parte de la cola, como se recoge en las notas correspondientes a 1808-1810 de la biblioteca de la Wernerian Society, Museo Real, Edimburgo. Se le midió una anchura de 4 pies (1,2 metros) y una circunferencia de 10 pies (3 metros). Así mismo se describieron 3 pares de “patas” o “alas”, que al pasar la mano por su piel era suave de la cabeza a la cola y áspera si se pasaba al revés y que tenía una especie de cabellera de crines en su dorso, compuesta por cerdas que brillaban en la oscuridad al ser mojadas. La Sociedad de Historia Natural (Wernerian Sociedad) de Edimburgo no pudo identificar el cadáver y decidió que era una nueva especie, probablemente una serpiente de mar. Aunque se ha tratado de explicar este inusual hallazgo sugiriendo que se trataba del cadáver de un tiburón peregrino, las medidas y las descripciones están lejos de coincidir y hoy día la bestia de Stronsay continúa siendo un enigma criptozoológico.

El monstruo de San Agustin
La noche del 30 de noviembre de 1896 los jóvenes Herbert Coles y Coretter Dunham, se encontraban dando un paseo en bicicleta por la playa de la isla Anastasia próxima a la localidad de San Agustín en Florida, Estados Unidos, cuando entre las sombras vislumbraron que había algo raro semihundido en la arena, una masa grande e informe que la tempestad recién acabada debía haber dejado allí. Los muchachos regresaron a San Agustín donde contaron su hallazgo a un médico local, el Dr. DeWitt Webb. A la mañana siguiente Webb, que era el fundador de la Sociedad Histórica de San Agustín y del Instituto de Ciencias acudió a la playa donde pudo examinar la extraña masa, siendo su primera impresión que se trataba de los restos de un animal muy mutilado que debía llevar varios días varados porque se encontraba semienterrado en la arena. Su textura era gomosa pero de una consistencia extremadamente dura que no se podía cortar si no con mucha dificultad y su color era de un rosa pálido, casi blanco, con reflejos plateados a la luz del Sol. Tenía una longitud cercana a los 6 metros, su anchura era de 2,5 metros y la altura visible de poco más de 1 metro en su parte más gruesa. Así mismo, se estimó su peso en alrededor de 5 toneladas. Webb pensó en aquel momento que aquello era lo que quedaba de un desconocido pulpo gigante al que le faltaban los tentáculos por haber sido devorados por tiburones u orcas. Posteriormente, Webb contrató a dos fotógrafos aficionados, Edgar Van Horn y Ernest Howatt, para ilustrar el cadáver para la posteridad.
En aquellas fechas se publicaron varios artículos en la prensa local que dieron popularidad al que ya se empezaba a conocer como “monstruo marino de San Agustine”.


La noticia llego hasta el profesor Addison Emery Verrill de Yale, considerado en aquella época como la primera autoridad en cefalópodos en el país, quien escribió varios artículos sobre la identificación de los restos en American Journal of Science. En uno de ellos Verrill recogía el testimonio de un tal Sr. Wilson, de la localidad cercana al lugar de varada que, excavando alrededor de la masa, descubrió lo que él afirmó que eran varios tentáculos, alguno de los cuales medía casi 10 metros de longitud. En otro artículo Verrill afirmó que se trataba de lo que quedaba de un enorme calamar o pulpo desconocido que estando vivo y con sus tentáculos debió tener una longitud de casi 100 pies (30 metros) y que él bautizó como “Giganteus Pulpo”. Más tarde, al examinar muestras enviadas por Webb, sugirió que toda la masa representaba la parte superior de la cabeza de un cachalote, separada del cráneo y la mandíbula. Finalmente el cadáver fue trasladado “con la ayuda de 6 caballos” a las proximidades de un hotel cercano donde se convirtió en una especie de atracción turística siendo visitado por gran número de personas, lo que hace pensar que después de meses de haber sido encontrado, lo que sea que fuese aquello, no presentaba signos de descomposición ni malos olores. Después se desconoce qué ocurrió con los restos.
Por suerte, una muestra del tegumento de aquella criatura se conserva en el Instituto Smithsonian y ha permitido varios análisis modernos para tratar de determinar su naturaleza. Así, el Dr. Joseph F. Gennaro Jr., biólogo celular de la Universidad de Florida publicó un artículo en el número de marzo de 1971 de la revista “Natural History” en el que, tras un examen histológico, explicaba que la muestra analizada no era en absoluto grasa de ballena y que el patrón del tejido conectivo no coincidía con el de los calamares aunque presentaba una estructura similar, aunque no idéntica, a la de los pulpos. Pero esa conclusión tenía implicaciones extraordinarias: si el monstruo marino de San Agustine era finalmente un pulpo, ¿habría entonces que aceptar que en el océano existen pulpos de más de 22 metros de longitud con tentáculos de 25 cm. de diámetro en su base? De ser así, ¡estaríamos ante el Kraken de las leyendas nórdicas!
Un nuevo análisis efectuado en 1986 por Roy Mackal, un bioquímico de la Universidad de Chicago, comparó los aminoácidos presentes en la muestra de 1896 con los que pueden encontrarse en los tejidos de un delfín manchado, una beluga, un calamar gigante y dos especies de pulpo. Mackal llegó a la conclusión de que lo que llegó a la playa de San Agustine en 1896 era una enorme masa de colágeno lo cual él interpretó como que apoyaba la idea de que se trataba de un cefalópodo gigante, probablemente un pulpo, aunque sin coincidir con ninguna especie conocida. Sin embargo, en sendos nuevos estudios hechos en 1996 y 2004 respectivamente se sugiere que la muestra analizada no tiene las características bioquímicas del colágeno de invertebrados (pulpos o calamares) y que se trata, por asociarlo a algo conocido, de piel de un enorme vertebrado de sangre caliente, una enorme ballena o un cachalote. Como vemos lejos de aclarar definitivamente el misterio, los estudios y análisis realizados no son concluyentes.
Desde 1896 hasta nuestros días han sido hallados varios globsters más en distintas playas del mundo. Sudáfrica, Bahamas, Bermudas, Nueva Zelanda, Tasmania, Escocia, Chile… han sido testigos de su aparición y, aunque en algunos casos se los asocia a restos de cadáveres de ballenas o cachalotes, en otros su identificación se encuentra lejos de estar clara.
Que en las profundidades habitan seres de gran tamaño que no conocemos es algo indiscutible, como lo demuestra el reciente descubrimiento del tiburón megamouth (visto por primera vez el 15 de noviembre de 1976 cuando fue pescado a 25 millas de la costa de Kaneohe, en Hawaii), o de nuevas especies de calamar gigante como el filmado durante unos estudios geológicos realizados por el Geochemical and Environmental Research Group de la Universidad Texas A&M en la isla de Oahu, en Hawai, en mayo del 2001 a 3.380 metros de profundidad. Se trataba de una majestuosa y fantasmal criatura cuyo tamaño se estimó en unos siete metros de largo. En un artículo sobre este calamar gigante publicado en Science, Michael Vecchione del National Marine Fisheries Service y el National Museum of Natural History, afirmaba lo siguiente: "Va más allá de ser una nueva especie. Esto es fundamentalmente diferente"

Un tiburón meganouth varado en una playa de Filipinas
Un nuevo tipo de calamar gigante filmado en 2001 cerca de Hawai
Puede observarse el video del avistamiento en:
http://invertebrates.si.edu/cephs/vetal01/50MagnapinnidaeQ01.avi
Luces en las profundidades
El ilustre navegante británico, Sir Francis Chichester, describe en su libro ''La vuelta al mundo del Gipsy Moth'', un inquietante encuentro que tuvo lugar en el sur del océano Indico durante la vuelta al mundo en solitario que realizó en 1967: ''Aquella noche llovió y estaba muy oscuro. Vi una cosa extraña: globos brillantes, fosforescentes, que desfilaban en el aire a lo largo del barco. A medida que mis ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad, me di cuenta de que aquellas brillantes manchas estaban realmente en el agua y que la altura de las olas las hacia parecer en el aire''
Pero no es el único caso de observaciones de extrañas luces sumergidas o que salen del mar.
El número de la revista Nature del 24 de julio de 1879 recogía el increíble informe que un tal Capitán Evans, hidrógrafo de la marina inglesa, había enviado al Almirantazgo británico y en el que se detallaba como el 15 de mayo de 1879, J. E. Pringle, comandante del buque británico “Vulture” en ruta por el golfo Pérsico, había observado a 26º 26' de latitud Norte y 53º 11' de longitud Este, un suceso verdaderamente asombroso: el paso bajo las aguas cercanas al barco de dos objetos luminosos que él estimó de unos 40 metros de ancho, iban separados entre sí unos 150 metros y se desplazaban a una velocidad estimada de 80 kilómetros por hora. Ambos objetos, que giraban en sentido contrario el uno al del otro, despedían bajo el agua ondas de luz que se movían a una velocidad vertiginosa como si fueran los radios de una gigantesca rueda luminosa, que pasaban por debajo de su barco. Pringle señaló que las ondas de luz se extendían desde la superficie hasta las profundidades marinas.
Y no se trata únicamente estos dos casos reseñados, el número de informes de avistamiento de extrañas luces submarinas es asombrosamente alto. El caso de Chichester podría encajar con el avistamiento de algún tipo de animales bioluminiscentes, pero el informe de Pringle publicado por Nature, sencillamente no tiene explicación.
Submarinos Fantasmas
Otro tipo de sucesos inexplicables son los casos de submarinos de procedencia desconocida y que varias Armadas de otros tantos países han detectado y tratado de capturar sin resultado alguno.
El Golfo Nuevo es una extensión de mar situada junto a la península de Valdés, en la Patagonia argentina, a 1045 Km. de Buenos Aires. Sus aguas han sido el escenario de varios encuentros entre buques de la armada argentina con submarinos de misteriosa procedencia. La mañana del 21 de mayo de 1958, durante unas maniobras de instrucción de la armada argentina, el destructor “Buenos Aires” detectó con su sonar lo que se supuso era un submarino de procedencia desconocida. Ahí dieron comienzo 24 horas de ardua persecución en la que participaron 4 destructores y varios aviones navales, durante la que se lanzaron numerosas cargas de profundidad. Pese a que se trató de bloquear la relativamente estrecha entrada al golfo, se supone que el submarino logró salir a mar abierto y escapar. Este caso fue tratado en sesión secreta por la Cámara de Diputados argentina en el mes de junio de 1958.
Pero la historia iba a repetirse, con más extrañeza si cabe, poco tiempo después. La conocida como “Batalla de Golfo Nuevo” comenzó el 30 de enero de 1960 cuando, nuevamente durante unos ejercicios de instrucción de la Marina de Guerra argentina fue detectado otro submarino en aguas del Golfo Nuevo. A partir de ese momento y durante 26 días el Alto Mando argentino movilizó todos los medios antisubmarinos que fue capaz, recibiendo incluso ayuda de la Armada estadounidenses que envió un equipo de especialistas con el material de guerra antisubmarina más moderno de la época. Se lanzaron decenas de cargas de profundidad, torpedos electrónicos e incluso actuaron bombarderos pesados. Durante las noches se lanzaron cientos de bengalas y se escrutó el mar con potentes fanales. Pero todo fue infructuoso, cuando parecía que se había perdido el contacto sonar con el submarino fantasma, después de un par de días volvía a aparecer. Lo más extraño fue que la Armada argentina informó de la presencia de otras dos naves submarinas de enorme tamaño y que parecía como si hubieran acudido en ayuda de la primera. Finalmente el 25 de febrero se dio por terminado el incidente. Desde entonces nadie tiene claro que es lo que estuvo navegando sumergido en las aguas de Golfo Nuevo aquél mes de febrero de 1960.
También el escritor Iván T. Sanderson en su libro de 1970 “Invisible Residents” da cuenta de un incidente ocurrido en marzo de 1963 durante unos ejercicios navales estadounidenses cerca de Puerto Rico. Al parecer, fue detectado un objeto sumergido que navegaba a la increíble velocidad de ¡150 nudos! (278 Km./h) y que durante el tiempo que duró su persecución llegó a alcanzar ¡los 6.000 metros de profundidad! Sanderson relata como el objeto, después de navegar a gran velocidad, se detenía dando tiempo a los buques norteamericanos a acercarse para luego volver a separarse con inusitada rapidez, en una especie de juego del gato y el ratón. Finalmente después de 4 días se perdió definitivamente el contacto.
El 11 de noviembre de 1972 la Marina de Guerra noruega detectó un submarino no identificado en aguas del fiordo de Sognefjord, en la costa oeste del país. Después de perseguirlo durante dos semanas en una intensa operación en la que participaron modernos buques y helicópteros de lucha antisubmarina, y en la que se trató de bloquear la salida al mar abierto del fiordo, el submarino desapareció.
El mar es un benigno regulador del clima y nos proporciona alimentos deliciosos, pero no debemos olvidar que sus profundidades, oscuras y extensísimas, guardan aún secretos inquietantes...