¿La primera inteligencia de la galaxia?
Por José Rafael Gómez
joser.gomez@hotmail.com
La noche del 15 de agosto de 1977, a las 23:16 horas, el radiotelescopio “Big Ear” de la Universidad Estatal de Ohio, recibió una potente señal de radio procedente de algún lugar cercano a la constelación de Sagitario. El evento duró 72 segundos y fue 30 veces más potente que el ruido de fondo cósmico. Por desgracia, la señal no se grabó, simplemente fue recogida por la computadora que la plasmó en forma de código de cifras y letras en la cinta de papel continuo con el resto de señales recibidas. Jerry Ehman, un joven radioastrónomo que revisaba el registro impreso de la computadora, al percatarse de la extraordinaria señal, la rodeó con su bolígrafo sobre el papel y escribió al margen WOW!, siendo conocida desde entonces por este nombre. Todos los intentos posteriormente realizados para obtener una señal de similares características en esa región del espacio han fracasado. Aunque desde entonces se han recibido otras señales de origen desconocido, ninguna ha sido tan potente y tan larga como lo fue la señal WOW! (Ver cuadro adjunto nº 1)
Sin embargo, a pesar de sus extraordinarias características, la señal WOW! no constituye en absoluto una prueba de la existencia de inteligencia extraterrestre. Ni ella ni ninguna otra que se haya recibido hasta ahora.
En cuanto los hombres comenzamos a tener conciencia del universo, en nuestra mente aparecieron pronto las preguntas… “¿Somos los únicos en la inmensidad del cosmos o habrá otras formas de vida en algún otro lugar? ¿Existen otras inteligencias con las que algún día podamos comunicarnos? ¿Estamos solos?
Los científicos han descubierto que los ingredientes químicos que permitieron que la vida apareciera en la Tierra al poco tiempo de formarse como planeta, se encuentran también en otros lugares del espacio. A medida que constatamos lo inmensurable de sus proporciones, la ingente cantidad de galaxias que contiene, más nos convencemos de que la vida ha debido surgir, al igual que en nuestro planeta, en muchos otros lugares del universo. Pensar lo contrario sería ir contra el sentido común.
Sin embargo, más difícil es responder a la cuestión de cuanta de esta vida ha podido alcanzar un grado de inteligencia superior o cuando menos, similar al nuestro.
En cuanto nos ha sido técnicamente posible, hemos abierto oídos al cosmos. Desde 1959 una serie de proyectos encuadrados bajo la denominación de las siglas S.E.T.I. (Search for ExtraTerrestrial Intelligence) se han dedicado, utilizando grandes radiotelescopios, a escudriñar las señales de radio que nos llegan del espacio, tratando de detectar aquellas cuyo origen no sea natural. (Ver cuadro adjunto nº 2) Prueba del interés que este tema genera en la humanidad es que uno de los proyectos SETI, el SETI home y sus actuales programas derivados, cuenta con la participación de millones de personas en todo el mundo que, desde sus hogares, colaboran con sus ordenadores personales en el análisis de las señales captadas por los radiotelescopios.
Sin duda la recepción de un mensaje interestelar sería uno de los mayores acontecimientos en la historia de la humanidad, pero hasta el momento no hemos recibido ninguna señal clara. Desde luego habrá quien opine que el fenómeno OVNI es la prueba de que estamos siendo visitados por seres extraterrestres, pero, por ahora, estas inteligencias no habrían establecido “contacto oficial”, por lo que, “oficialmente”, debemos seguir buscando.
La ecuación de Drake
Obviamente hemos de plantearnos si existe la posibilidad de que otras formas de vida extraterrestre hayan podido alcanzar niveles de inteligencia y desarrollo tecnológico que les permitiera comunicarse o por lo menos, ser detectadas por nosotros.
En 1961 el prestigioso radioastrónomo Frank Drake, -en la actualidad director del proyecto SETI- ideó una fórmula para poder estimar, de forma aproximada, el número de civilizaciones que, en nuestra galaxia, podrían haber sido capaces de desarrollar la tecnología suficiente como para poder emitir señales de radio detectables al espacio. (Ver cuadro adjunto nº 3)
El conocido y prestigioso astrofísico Carl Sagan, utilizando la formula de Drake, calculó en su día este número. Estimó dos posibilidades: si la vida inteligente terminaba autodestruyéndose pocas décadas después de haber alcanzado cierto grado tecnológico, entonces el número de civilizaciones con las que podríamos establecer contacto en la galaxia estaría en torno a 10. Pero si la vida inteligente superaba el peligroso periodo tecnológico inicial y perduraba aunque sólo fuese en una proporción del 1 por ciento, entonces las civilizaciones tecnológicas en la galaxia deberían ser… ¡millones!
La paradoja de Fermi
Enrico Fermi fue un brillante físico italiano galardonado con el premio Nobel de física en 1938, que planteó la siguiente cuestión: “si en el espacio existiesen otras formas de vida inteligentes con desarrollo tecnológico, deberíamos haber detectado algún rastro de ellas, sondas, naves espaciales o sus transmisiones, entonces… ¿por qué no tenemos evidencias de su existencia?... ¿Donde están?”
Este planteamiento le llevó a enunciar su famosa paradoja:
“La creencia común de que el universo posee numerosas civilizaciones avanzadas tecnológicamente, combinada con nuestras observaciones que sugieren todo lo contrario es paradójica indicando que o bien nuestro conocimiento o nuestras observaciones son defectuosas o incompletas”.
La respuesta de Fermi a esta controversia es pesimista: “Las civilizaciones acaban destruyéndose a sí mismas al alcanzar cierto grado tecnológico”. Sin embargo, de existir un elevado número de civilizaciones en la galaxia, no todas tendrían que autodestruirse por muy pesimista que se sea, por lo que habría que buscar otras explicaciones.
Hay quien responde alegando que el tiempo que llevamos los seres humanos explorando radiotelescópicamente la galaxia es muy exiguo -apenas 50 años- y el tamaño de ésta es enorme -100.000 años luz de diámetro- y que en ese tiempo apenas si hemos explorado un 10 por ciento de la galaxia. Esto es cierto y las reflexiones que planteo en este artículo se refieren a lo que ha ocurrido con ese 10 por ciento explorado. Nuestras emisiones de radio han recorrido un camino de unas pocas decenas de años luz, lo que hace que nuestra presencia sea indetectable más allá de esa distancia. Sin embargo, con lo que escuchamos ocurre algo diferente. Si una civilización tecnológica alienígena llevase 100.000 años o más emitiendo señales de radio al espacio desde cualquier punto de la Vía Láctea, tendríamos que haberla detectado ya, aunque se encontrase al otro extremo de la galaxia. Si esa hipotética civilización se ubicara más cerca, el tiempo que debería llevar emitiendo para que la descubriéramos se reduce. Por ejemplo, el centro de la galaxia se encuentra a una distancia de unos 30.000 años luz de la Tierra, pues bien, en este caso podemos pensar que no habían civilizaciones tecnológicas en esa zona de la galaxia hace 30.000 años pues de haberlas habido, ahora deberían estar llegándonos sus emisiones y no es así.
Salvo que consideremos hipótesis más complicadas, podría inferirse por tanto que no hay civilizaciones extraterrestres en nuestra galaxia que nos saquen cientos de miles de años de adelanto tecnológico.
Se ha alegado ante estos hechos que quizás la tecnología alienígena no utilice las emisiones de ondas de radio para sus comunicaciones, pero las ondas de radio constituyen en sí mismas una parte intrínseca del universo, de manera que sería muy difícil llegar a otro tipo de técnicas de comunicación sin haber pasado por ellas. Más aún, si en el futuro los humanos descubriéramos otras formas de posible telecomunicación interestelar, cualquier intento de establecer contacto debería utilizar también las ondas de radio, ya que constituyen un medio primario al alcance de cualquier civilización prácticamente desde sus primeros accesos a la tecnología.
Hay quien sugiere que, si bien las condiciones para que la vida surja no serían extremadamente difíciles de encontrar en el universo –en la Tierra conocemos bacterias que viven en ambientes que podrían considerarse como extremadamente hostiles- para que organismos pluricelulares puedan proliferar, desarrollarse y evolucionar hacia formas cada vez más complejas, entonces sí que sería necesario que se diesen unas condiciones mucho más específicas, un complicado puzle de circunstancias que haría que la vida capaz de producir organismos complejos sea muchísimo más rara de lo que podría pensarse. La necesidad que tiene la vida de la presencia de agua liquida, reduce considerablemente el número de planetas que pueden albergarla. Si el planeta estuviera demasiado cerca de la estrella, el agua se habría evaporado como ocurre en Venus y si estuviera demasiado lejos, entonces se hallaría en forma de hielo. También se especula con que en zonas del espacio más próximas al centro de la galaxia, el nivel de rayos cósmicos sería insoportable para estos tipos de vida complejos.
O puede que, simplemente, no haya dado tiempo a que la vida inteligente y tecnológica prolifere en el universo. Veamos por qué.
¿Un universo demasiado joven?
La vida, tal como la conocemos, necesita de sistemas estelares en los que existan planetas girando en torno a la estrella central y esto sólo es posible en sistemas estelares que no sean de primera generación.
En el origen del universo, tras el Big Bang, únicamente había en él átomos de hidrógeno y en mucha menor proporción (en torno al 4 %) de helio. No existía ningún otro elemento. Estas enormes masas de hidrógeno fueron agrupándose por la fuerza de gravedad, comenzando a girar y a calentarse, hasta que en su interior se produjo una fusión nuclear dando lugar al nacimiento de las estrellas. Las estrellas se agrupaban a su vez dentro de enormes concentraciones que son lo que conocemos como galaxias. Ninguna estrella de esa primera generación pudo tener planetas girando entorno a sí. Los materiales que constituyen los planetas se crearon en el interior de las estrellas y fueron lanzados al espacio al final de la vida de éstas, cuando morían explosionando en forma de supernovas o convirtiéndose en enanas blancas. A menudo, de los materiales expulsados al espacio se volvía a generar otra estrella, en torno a la cual ya sí podían existir planetas orbitando. Es el caso de nuestro sistema solar, nacido tras la explosión en forma de supernova de la estrella que había antes del Sol. Y esto sucedió hace alrededor de 4.650 millones de años.
Pues bien, si tenemos en cuenta que la edad del universo se estima en unos 14.000 millones de años, que recientes investigaciones nos dicen que la mayor parte de las galaxias aparecieron hace unos 13.000 millones de años, que la vida de una estrella media como lo es nuestro Sol se calcula en unos 10.000 millones de años, y que nuestro sistema solar ha necesitado que pasaran 4.500 millones de años para que apareciera vida con inteligencia tecnológica, entonces cabe la posibilidad de que nuestro sistema estelar sea uno de los primeros en los que este extraordinario evento se haya producido. Dicho de otro modo, el universo quizás sea demasiado joven como para que en él se hayan desarrollado muchas civilizaciones tecnológicas. Por supuesto carecemos de datos como para afirmar con rotundidad nada. También existen estrellas cuya vida es de sólo unos pocos cientos de millones de años, es decir, que pudo haber planetas en una Vía Láctea más joven. Además, una diferencia cronológica de unos pocos miles de años en la aparición de dos inteligencias galácticas supondría probablemente una enorme distancia tecnológica entre ambas.
Tan sólo debemos saber que, por lo observado hasta ahora, cabe pensar en la posibilidad de que quizás tengamos la enorme responsabilidad de ser los primeros… y que en el futuro nuestras naves acaso sean tomadas por primitivas culturas en lejanos planetas, como “vehículos de los dioses” o “platillos volantes”…
CUADRO ADJUNTO Nº 1
En la búsqueda de inteligencia extraterrestre, la señal WOW! constituye el evento radioastronómico más extraordinario de los producidos hasta la fecha. Captada por el radiotelescopio Big Ear de la universidad estatal de Ohio el 15 de agosto de 1977, se trató de una poderosa señal, 30 veces más potente que el ruido de fondo cósmico, de banda estrecha, en la frecuencia del hidrógeno neutro (1420.4056 MHz) y de larga duración, características todas ellas que se espera que tenga una señal enviada por E.T. Además, la señal subió y bajó de intensidad en 37 segundos, precisamente el tiempo que necesitaba Big Ear para registrar un punto determinado situado en el espacio, (debido al movimiento de rotación terrestre) lo que descartó que la señal pudiera ser una interferencia proveniente de la propia Tierra.
Además, la señal no era continua, sino intermitente. El Big Ear tenía dos receptores separados que registraban el mismo punto sucesivamente, con varios minutos de diferencia. La señal apareció en sólo uno de los receptores y no en el otro, indicando que había sido 'apagada' entre los dos registros. Una señal fuerte, enfocada e intermitente procedente del espacio exterior: Podría ser que Big Ear hubiera detectado una señal alienígena.
Sin embargo, desde 1977 se han realizado varios intentos para encontrarla de nuevo sin éxito. Como era sin ninguna duda artificial, y prácticamente seguro de origen celeste, el doctor John D. Kraus, por entonces director del radiotelescopio Big Ear, especula que podría venir de una sonda espacial de origen humano, que él y el personal del Big Ear desconocieran. Así se trataría de una señal inteligente espacial, pero no alienígena.
Y siempre queda la posibilidad de que fuera una auténtica señal de una civilización extraterrestre. A no ser que la detectemos de nuevo, nunca lo sabremos seguro.
CUADRO ADJUNTO Nº 2
El proyecto SETI
En 1959 los científicos Giuseppi Cocconi y Philip Morrison publicaron un artículo en la revista Nature llamado “Búsqueda de Comunicaciones Interestelares”, sobre la capacidad que tenían las microondas para la comunicación interestelar.
Casi al mismo tiempo, Frank Drake (el creador de la famosa ecuación de Darake), llegó independientemente a la misma conclusión, y un año más tarde, en 1960, inició en el radiotelescopio de Green Blank, en Virginia Oeste, el primer proyecto S.E.T.I.: el proyecto Ozma. Utilizando una antena de 25 metros, estuvo durante dos meses recogiendo señales provenientes de las estrellas Epsilon Eridani y Tau Ceti, de características muy parecidas a nuestro Sol. El proyecto Ozma no tuvo éxito, pero atrajo el interés de muchos científicos, sobre todo soviéticos, que dominaron este campo de investigación durante la década de los 60, realizando proyectos de recepción no dirigidos a una estrella en particular como ya se había hecho en el proyecto Ozma, sino dirigiendo antenas omnidireccionales a grandes trozos de cielo.
A principio de la década de los 70 la NASA encargó un estudio –el proyecto Cíclope- para analizar las necesidades tecnológicas que tenía el proyecto SETI. A partir de entonces hubo un creciente interés apoyado sobre una base más sólida, y se llevaron a cabo varios proyectos de búsqueda a cargo de numerosos radioastrónomos que usaban las antenas a su disposición. Alguno de aquellos trabajos aún continua hoy en día, como el proyecto S.E.R.E.N.D.I.P.
En 1988, la NASA inicia el proyecto H.R.M.S. (High Resolution Microwave Survey). Se realizarían exploraciones generales de todo el cielo y también exploraciones dirigidas. Comenzó su fase de observaciones el 12 de Octubre de 1992 en el Complejo de Comunicaciones de Espacio Profundo Goldstone de la NASA en California y en el observatorio de Arecibo en Puerto Rico.
Un año más tarde, en 1993, la NASA dejó de financiar el proyecto S.E.T.I. Desde entonces la exploración se ha mantenido gracias a aportaciones privadas. Científicos e ingenieros del actual Instituto S.E.T.I. se hicieron cargo de la investigación rescatando los equipos, y el heredero del proyecto H.R.M.S. pasó a ser el proyecto Fénix, en activo aún.
Actualmente los proyectos S.E.T.I. más destacados que están activos son:
- Proyecto Fénix
- Proyecto S.E.R.E.N.D.I.P.
- Proyecto SETI@home
CUADRO ADJUNTO Nº 3
La ecuación de Drake es la siguiente:
N = N* x fp x ne x fl x fi x fc x fL
N es el número de civilizaciones que, en nuestra galaxia la Vía Láctea, habrían podido alcanzar un grado de desarrollo tecnológico que les permitiría comunicarse.
N* es el número de estrellas que hay en la Vía Láctea.
fp es la fracción de esas estrellas que cuentan con planetas orbitando en torno a sí.
ne es el número de planetas que se encontrarían en órbita dentro de la ecosfera de la estrella, es decir, a una distancia tal que permitiría que la vida apareciese en su superficie.
fl sería la fracción de planetas en los que la vida sí hubiera aparecido.
fi es la fracción de planetas cuya vida llegaría a desarrollar inteligencia.
fc es la fracción de planetas con vida inteligente que habría desarrollado la tecnología suficiente para poder comunicarse a través del espacio.
Finalmente, fL seria la fracción de tiempo de la vida de un planeta en que una civilización tecnológica podría existir.
Aunque la ecuación de Drake puede dar resultados muy distintos en función de la valoración que se haga de los distintos factores, es una fórmula comúnmente aceptada entre los científicos.