Nuestros orígenes cósmicos

José Rafael Gómez
joserafael.gomez@hotmail.com

Es muy posible que a más de uno esta idea le suene directamente a patraña. Sin embargo quien así piense seguramente ignora que en nuestros días existen sólidos argumentos que hacen de esta asombrosa hipótesis una sólida posibilidad. No se trata sólo de que los átomos que nos constituyen se fraguaron en el interior de las estrellas; nuestro propio ADN esconde misterios ante los que reputados científicos comienzan a mirar al cosmos buscando respuestas.

 

La Panspermia Cósmica

La vida surgió en la Tierra por haber caído desde el espacio exterior. Esto es lo que significan estas palabras y el primero que pensó en ello –que sepamos- fue el sabio Anaxágoras, en el siglo V antes de Cristo.  Nos habló de “semillas por doquier” que conformaban la materia tanto inerte como viva. Desgraciadamente tuvo que salir de Atenas exiliado por afirmar, con asombrosa intuición, que el Sol era una masa de hierro incandescente y que la Luna era una roca que, habiendo salido de la Tierra, reflejaba la luz del Sol.

Más cercanos a nuestro tiempo han sido los científicos británicos, Fred Hoyle  (astrofísico) y Chandra Wickramsinghe (astrobiólogo), quienes en 1978 propusieron que los cometas podrían ser los sembradores cósmicos de vida, transportando esporas vitales de un sistema estelar a otro.

Hoy en día se conocen bacterias en la Tierra que hubieran resistido sin problemas el viaje espacial y aunque eso no quiere decir que esos organismos fueran los que viajaron, demuestra que otros pudieron hacerlo.

Y, ¿por qué no pensar que este fenómeno pueda haber ocurrido en la Tierra en más de una ocasión? ¿Se producen con relativa frecuencia aportes de vida extraterrestre a nuestro planeta? Y, si así fuese... ¿podrían haberse mezclado estos organismos exoterráqueos con la vida ya existente en la Tierra? Pues bien, por muy espeluznante que parezca, la respuesta podría estar en nuestro propio ADN.

   
¿ADN extraterrestre?

Aunque suene a ciencia ficción, resulta que uno de los descubridores de la estructura del ADN, Francis Crick, ya habló de esta posibilidad. Al no encontrar pasos intermedios previos a la doble hélice, apuntó la hipótesis de que quizás el ADN hubiera llegado a nuestro planeta ya conformado, es decir, procedente de algún otro lugar en donde habría evolucionado.

En nuestros días, aunque el proyecto para la secuenciación del genoma humano ha terminado, apenas hemos empezado a entender su complejidad. De momento hemos averiguado que un enorme porcentaje de nuestro ADN, entorno al 97 %, está constituido por lo que algunos genetistas han llamado “materia genómica oscura” cuya función constituye un misterio. En este mal llamado “ADN basura” o “ADN inútil” se encuentran enormes cantidades de pseudogenes que se pensaban “muertos”, como restos de arcaicas nutaciones. Pues bien, recientes investigaciones han descubierto que algunos de estos pseudogenes no están completamente “muertos” y bajo determinadas circunstancias podrían desempeñar funciones que desconocemos.

Estos y otros datos han llevado a varios científicos a preguntarse por el origen y razón de ser de tanta materia genética oscura. Así, el eminente astrobiólogo Paul Davies, profesor de Filosofía Natural en el Centro Australiano de Astrobiología de la Universidad Macquarie y Charles Lineweaver, un reputado astrofísico de la Universidad de Nueva Gales del Sur en Sydney, Australia, en un artículo publicado en la revista  Astrobiology, sugieren que podrían haberse producido algunos intercambios tempranos de material genético entre alguno de nuestros ancestros y algunas formas de vida alienígena.

 

¿Podríamos ser portadores de un mensaje cósmico oculto?

Ya que en los orígenes pudo existir una mezcla de diferentes tipos de vida y un intercambio de componentes genéticos diferentes, sería posible que restos de sistemas bioquímicos alternativos hayan llegado a introducirse en organismos pretéritos y aún permanezcan en organismos actuales. Siguiendo esta línea de pensamiento, Paul Davies nos propone en otro reciente artículo publicado en New Scientist una idea enormemente interesante: usando retrovirus, una civilización lejana en el tiempo y en el espacio, podría haber colocado un mensaje en el genoma de los organismos terrestres por un coste insignificante y estos mensajes se habrían conservado y podrían replicarse casi sin cambios durante miles de millones de años, esperando el momento adecuado para manifestarse.  Y es que no debemos olvidar lo que en definitiva es el  ADN: la más perfecta forma de almacenamiento, conservación y reproducción de cantidades ingentes de información que conocemos en el universo.

 

La Panspermia Cósmica Dirigida

Tal y como están las cosas podríamos aventurar una hipótesis absolutamente fascinante. Si una remota y avanzada civilización extraterrestre quisiera extenderse por el universo, no tendría por qué utilizar complicados ingenios mecánicos, enormes naves espaciales cuyas limitaciones las harían inadecuadas para su propósito.  Una inteligente utilización de la ingeniería genética sería, posiblemente, un mucho más fácil y eficaz  método para conquistar el cosmos. Más aún, quizás sea la única manera de hacerlo.

Pensemos en nosotros mismos. Dentro de algunos siglos habremos establecido bases o asentamientos por todo el sistema solar. Sin embargo, dar el salto hasta otros sistemas planetarios se presenta como algo mucho más difícil, por no decir imposible. Las enormes distancias interestelares hacen que el viaje pueda durar miles de años. Las naves tendrían que albergar tripulaciones que fueran reproduciéndose para que, después de muchas generaciones, se llegase a un mundo posiblemente inadecuado para la vida humana. La hibernación tampoco solucionaría ese problema. Y es que el ser humano es un organismo frágil, inadecuado para las vicisitudes de un largísimo viaje cósmico.
Sin embargo, si llegásemos a manejar los secretos de la ingeniería genética, podríamos diseñar organismos adecuados para  no solamente ser capaces de resistir el viaje espacial, si no de modificar las condiciones ambientales de los planetas hostiles donde cayeran, adecuándolos para que finalmente, puedan albergarnos. Pero, ¿cómo apareceríamos nosotros en ese nuevo planeta? Pues evolucionando de aquellos organismos que efectuaron el viaje cósmico, los cuales llevarían codificado en su genoma las ordenes precisas para ello. Sería un proceso que duraría miles de millones de años pero que garantizaría nuestra propagación universal.

Pues bien, eso parece ser justamente lo ocurrido en nuestro planeta Tierra.

Las primeras formas de vida fueron organismos muy simples pero muy resistentes a las radiaciones cósmicas (tuvieron que sobrevivir en una atmósfera carente de oxigeno, sin capa de ozono). Esos organismos hubieran sido perfectamente capaces de resistir un indefinido viaje espacial. Pues resulta que después de un determinado número de mutaciones genéticas, de estos primeros organismos surgieron otros que comenzaron a excretar oxigeno al ambiente. Tras un largo proceso la atmósfera terráquea contenía el oxigeno suficiente para proteger (ozono) y alimentar organismos más complejos que sucesivas mutaciones irían haciendo aparecer. Y así habríamos llegado nosotros que no seríamos si no un escalón más en todo este proceso. El ciclo se cerraría cuando llegáramos a ser capaces de volver a crear las mismas semillas de las que procedemos.

Si las cosas han sucedido así, entonces quizás deberían hallarse esas “semillas de vida” por otros muchos lugares del universo. Pues es posible que las hayamos encontrado.

 

Nanobios, ¿las semillas de la vida?

 En 1992 una compañía petrolífera realizó unas prospecciones en la plataforma continental del oeste de  Australia. Se extrajeron unas muestras de rocas situadas a 3.000 metros de profundidad bajo el fondo oceánico que fueron llevadas para ser analizadas, buscando posibles indicios de presencia de hidrocarburos, a la universidad de Queensland. El equipo de la geóloga Philippa Uwins que se hizo cargo de la investigación no encontró petróleo pero descubrió algo que iba a hacer removerse los cimientos de la biología: ¡en aquellas rocas existían organismos vivos! Bajo potentes microscopios electrónicos aparecían enormes cantidades de  una especie de filamentos con un tamaño unas 10 veces menor que el de la bacteria más pequeña conocida. Cultivados en el laboratorio se comprobó que aquellos entes se reproducían con enorme rapidez. Para el equipo de Philippa Uwins no existían dudas: habían encontrado una nueva forma de vida a la que bautizaron con el nombre de “nanobios” para diferenciarlos de los “microbios”, dando a conocer su descubrimiento al mundo en un artículo publicado en 1998 en Science.

Pues bien, resulta que los nanobios presentan un aspecto y tamaño similar a la misteriosa estructura hallada en el famoso meteorito marciano ALH84001 identificada en su día por un equipo de investigadores de la NASA como un posible resto fosilizado de algún microorganismo primitivo marciano. ¿Nos encontramos ante las semillas de vida propagadas por doquier, capaces de poner en marcha los procesos que permiten que aparezcamos nosotros?

Aunque algunos microbiólogos se han mostrado escépticos respecto a si los nanobios están “realmente vivos” por considerar que son demasiado pequeños como para contener ADN, lo cierto es que este hallazgo puede revolucionar las ideas que teníamos sobre la aparición de la vida en la Tierra y lo que es aún más importante, sobre la existencia de vida en el universo.

Ahora la pregunta es ¿tenemos unos ancestros cósmicos que han sembrado el universo de lo necesario para que vayan apareciendo en todas las galaxias criaturas como nosotros, criaturas como “ellos” o seremos nosotros los primeros en hacerlo?

 Finalizaré reproduciendo unas palabras de Francis Crack, premio Nóbel en 1962 por descubrir la estructura de doble hélice del ADN:

“Parece ahora improbable que los organismos vivos extraterrestres pudieran haber alcanzado la Tierra ya sea como esporas conducidas por la presión de la radiación de otra estrella o como organismos vivos incrustados en un meteorito. Como alternativa a estos mecanismos del siglo diecinueve, hemos considerado la Panspermia Dirigida, la teoría de que los organismos fueron deliberadamente transmitidos a la Tierra por seres inteligentes de otro planeta. Concluimos que es posible que la vida alcanzara la Tierra de esta manera, pero que la evidencia científica es inadecuada actualmente como para decir algo acerca de esa probabilidad. Prestamos atención a los tipos de evidencia que pudieran arrojar una luz adicional sobre este tema”.

Así mismo, en 1999 el eminente científico Thomas Gold de la universidad de Cornell propuso en su libro “La caliente y profunda biosfera” que la vida formaba parte de la Tierra ya desde su formación como planeta, habiendo llegado en el interior de los innumerables materiales geológicos que lo constituyeron en los inicios de nuestro sistema solar. Estos organismos intraterrestres habrían salido al exterior a través de las fumarolas volcánicas de los fondos oceánicos desde donde habrían evolucionado dando lugar a la biosfera de superficie que hoy conocemos. Además esta biosfera intraterrestre aún existiría hoy día, lo que parece estar confirmado por el hallazgo de los nanobios. Según la idea de Gold, la vida sería algo muy común en el cosmos y otros planetas de nuestro sistema solar deberían también albergarla.

Thomas Gold, como un moderno Anaxágoras, a veces mantuvo posiciones difíciles de admitir por la comunidad científica. Falleció en 2004 a los 84 años de edad tras una vida dedicada a la ciencia. Su propuesta de que la vida abunda en el espacio en forma de microorganismos, o mejor, nanoorganísmos, que se alimentan de reacciones químicas terminará por demostrarse algún día. Los nanobios podrían constituir el origen evolutivo de una casi infinita variedad de formas de vida en innumerables mundos en la galaxia, en todas las galaxias, en todo el universo…

Como vemos, estamos rodeados de misterio. Lo llevamos dentro de nosotros mismos formando parte de nuestra más intima sustancia y sin duda, cuando miramos al universo, conscientes o no de ello, buscamos la respuesta a cuáles son nuestros verdaderos orígenes…